El arte ofrece teorías que se elaboran a posteriori, la pulsión artística se ha querido explicar de muchas maneras, la mía es un impulso que me llena de excitación, y atrapada en la pasión del hacer, me dejo llevar.

Los pinceles inventan un lenguaje de colores que no tiene traducción, llenando la tela de rostros que cuentan su propia historia, y un lienzo da paso a otro y otro, un trozo de papel a otro, una imagen a otra. Me sumerjo en una extenuación alegre, una felicidad exultante y agotadora.

Y perdido el sentido de la realidad, se me olvida comer o dormir, se me olvida quien soy, hasta que la obra, que tiene su propio tiempo, dice basta.

El arte habla del infinito, ya que infinitas son sus formas, es una conexión espiritual, un misterio esa búsqueda, esa pasión de hacer, donde todo se desdibuja para tener solo un foco. Lo que haces es presente, y sin embargo solo eres consciente de que haces, no del momento vivido, hay algo más grande que tu mismo, algo que sabes eres hacedor y sujeto pasivo al mismo tiempo.

Es el tiempo sin tiempo, una entrega sin expectativas, una tarea en ese mientras tanto, que no percibes como tal, donde las sensaciones se agolpan al borde del alma y todos los enunciados pueden cambiar con un solo gesto, donde el mundo deja de tener ese nombre, donde las manos expresan lo que no puedes decir con palabras, y la mente observa en silencio sin entender porque te gusta tanto esa mancha de ahí.

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