Crear, crear, un cuadro tras otro, toda la escala cromática. Sísifo se llena, sin perturbación, con la alegría del agua del grifo que cae en el tarro de cristal, con la fluidez de la mano siempre dispuesta, la preparación que no incluye al corazón, abierto siempre a los pinceles que mi padre me regalaba por Navidad, y busca otra piedra para ascender, un cuarzo blanco, una amatista de bellas puntas violeta, una turmalina negra y brillante. Piezas llenas de color, que me devuelven lo que soy y no veo, pero intuyo grande e infinito, maravilla y extrañamiento del ser, blancos, rojos, azules, amarillos, verdes, naranjas. El misterio del arte, de las formas que aparecen en el lienzo, sin aparente propósito, pero con identidad definitiva, perfiles de hombres y mujeres con la boca abierta, seres fantásticos, personajes con túnicas talares que levantan los brazos, torres y agujas de catedrales, pájaros que vuelan bajo soles desconocidos, animales oscuros, divertidos, manchas que se agazapan detrás como puntos de sueño, realidades que cantan una melodía preciosa y llena de luz. A veces aparezco detrás, en un trazo, los pómulos altos, la nariz recortada. Más blanco, mucho más blanco, blanco que salpica y sella, blanco que respira sobre los colores vivos. El genio tiene un mecanismo sin fin, un motor cálido y punzante que te impele hacía otros mundos.

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