Anoche daban ganas de no entrar nunca en casa, de quedarse siempre en la calle, siempre a la misma hora en que el cielo se pone de ese azul que me gusta tanto. Daban ganas de sentirse siempre así, una sensación de esperanza jugueteando por la piel, animando el alma camino del verano; puede que solo sea una sensación térmica que agrada al cuerpo, o puede que sea una esperanza loca, sin sentido, íntima, tal vez más grande de lo normal. Bueno y qué, lo cierto es que anoche volví a sentir la belleza que giraba, no como en los cuadros de Van Gogh, sino como la de la sangre que va y retorna continuamente al corazón.

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